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En Primera Persona:

La Rabia Es Una Carga Pesada


Por Timothy Gower
CONSUMER HEALTH INTERACTIVE

Ningún norteamericano olvidará donde ella o él estaba la mañana del 11 de Setiembre, 2001. No soy ninguna excepción, aunque esa fecha marca dos eventos importantes en mi vida. Cuando el primer avión alcanzó el World Trade Center, yo estaba en una funeraria, preparándome para hacer de portador del féretro en el servicio de recordación y entierro de mi padre.

Era un deber que asumí con tristeza, pero a la vez con ambivalencia. Mi papá se fue de la casa cuando tenía 15 años. Le había sido infiel a mi madre durante años, al parecer, y había decidido empezar una nueva vida. Durante el próximo cuarto de siglo, lo veía solamente una o dos veces al año. De vez en cuando parecía interesarse en mi vida y las vidas de mis hermanos y hermanas. Pero era claro que el tenía una nueva familia, nuevos amigos y nuevas prioridades. Si alguien le hubiera presionado a nombrar la mitad de sus nietos, estoy seguro que no lo habría podido hacer sin múltiples ayudas. Uno de los momentos más dolorosos durante el funeral ocurrió cuando varias personas que yo nunca había visto antes de ese día se levantaron y compartieron sus recuerdos afectuosos de su amigo Bob, tan gracioso, encantador y dedicado.

Cuando supe que el cáncer de la próstata de mi padre era incurable, a la vez aprendí algo de mi mismo. Nunca lo había perdonado por haber abandonado a la familia. Sin embargo, le mandaba tarjetas del Día del Padre, pero por dentro yo seguía siendo un adolescente rechazado y amargado. Lo cual, créanme, es una manera lamentable de vivir -- malo tanto para la mente como para el cuerpo, al parecer.

La iglesia ha predicado por mucho tiempo la importancia del perdón, y en años recientes los científicos han producido pruebas de que renunciar a la rabia hacia la gente que nos ha hecho daño beneficia tanto la salud mental como física.

Perdonar no es fácil para nadie, pero según un estudio de 2001, los hombres tienden a apegarse más ferozmente a los rencores que las mujeres. La psicóloga Loren Toussaint y sus colegas en el Instituto Investigaciones Sociales de la Universidad de Michigan entrevistaron a 1,423 estadounidenses y clasificaron el 54 percent de mujeres como el tipo de persona que perdona, en contraste con el 49 percent de hombres. Por otro lado, el 48 percent de mujeres dijeron que ellas habían pedido el perdón de otros, mientras apenas el 37 percent de los hombres habían hecho lo mismo.

El estudio, redactado en 2001 en Journal of Adult Development, también encontró que las personas con las personalidades que fácilmente puedan perdonar tienen menos problemas psicológicos, sienten más satisfacción con sus vidas y gozan de mejor salud que aquellos que se apegan firmemente a sus rencores.

Se ve la misma tendencia en otros estudios, incluyendo uno que tiene un significado particular. Un equipo dirigido por Toussaint, ahora profesora asistente de psicología en la Universidad Idaho State en Pocatello, recientemente pidió a 400 estadounidenses que evaluaran cuán dispuestos estaban a perdonar a los terroristas que perpetraron los ataques del 11 de setiembre. El grupo de Toussaint encontró que los que tenían problemas para perdonar también eran los menos sanos.

Sufrían de depresión o estrés post traumático con más frecuencia y tenían problemas para dormir o indicaban otros problemas de salud.

Apegarse a la rabia causada por una vieja herida también puede hundir su matrimonio u otra relación, dice el psicólogo Fred Luskin, autor de Forgive for Good: A Proven Prescription for Health and Happiness (Harper San Francisco, 2001). "Es más difícil dejar de lado las autodefensas y lograr la intimidad si carga la desconfianza y el maltrato del pasado", dice Luskin. "Tiende a trasladar eso a la próxima relación".

Los rencores, es obvio, no son nada más que la rabia embotellada a punto de hervor. No cabe mucha duda entre los científicos que a través del tiempo, la hostilidad daña al cuerpo humano, sobre el sistema cardiovascular. Por ejemplo, un estudio hecho en el 2000 por investigadores de la Universidad de North Carolina encontró que la gente más propensa a la rabia tiene una disposición tres veces mayor a sufrir un infarto que la gente que es menos explosiva. Según una teoría, las hormonas del estrés pueden causar coágulos mortíferos en las arterias que llevan la sangre al corazón. Con eso en mente, algunos científicos creen que perdonar puede de hecho reducir el riesgo de un ataque del corazón. "¿Hay antídoto para la rabia?" pregunta Toussaint. "Puede que sea el perdonar".

En un estudio, la psicóloga Charlotte van Oyen Witvliet y sus colegas en Hope College en Holland, Michigan, pidieron a 71 estudiantes universitarios que pensaran en alguien que le había lastimado y se enfocaran en la rabia que sentían hacia esa persona. Luego pidieron a los sujetos que intentaran sentir perdón hacia el causante de su agravio. En todo momento, los sujetos estaban conectados por medio de electrodos que medían cómo sus cuerpos respondían a sus emociones. Mientras los estudiantes guardaban sus rencores, la presión aumentó y el latir del corazón aceleró. Los músculos se les pusieron tensos y perspiraban más. Por otro lado, pensar en el acto de perdonar hizo que los sistemas cardiovasculares y los nervios de los sujetos se calmaron.

Algunos probablemente estarán pensando: ¿Qué hago entonces? ¿Transformarme en alfombra para que los mequetrefes me pisen, para después decirles gracias? Witvliet dice que el viejo dicho es equivocado—No tiene que perdonar y olvidar. En otras palabras, puede dejar su rabia hacia alguien que le ha tratado mal para luego decidir no verlo en el futuro. Después de todo, dice Witvliet, "Es más inteligente apartarse de personas que han comprobado ser abusivos y desconfiados". "La clave", dice ella, "es liberarse de las cadenas de la rabia y el rencor".

Toussaint dice que es difícil determinar por qué algunos perdonan más fácilmente que otros. Sin embargo, las investigaciones sugieres que recibir una disculpa del agravante facilita que el ofendido olvide su resentimiento. La compasión también cuenta. "Si puede empezar a entender qué causó que esa persona le lastimara", dice Toussaint, "puede empezar a entender y perdonar".

Yo visité a mi papá varias veces en los meses antes de que se muriera. De forma gradual, la enfermedad le minaba la confianza de la que había dependido toda su carrera como vendedor. En una ocasión en particular lloró mientras hablaba acerca de su temor a la muerte. Fue la primera vez que vi sus ojos empapados de lágrimás. Otro día, cuando ya no quedaba mucho tiempo, mi papá yacía en su cama delirando, su mente otrora ágil mente ahora confundida por los analgésicos, el cáncer o tal vez ambos. De repente se volvió hacia mí y me preguntó, "¿En qué me equivoqué?"

Así ofreció lo que para él fue lo más cercano a una disculpa. A medida que se le escapaba la vida, me encontraba pensando menos en su lado egoísta e impenitente. En vez de eso, pude enfocarme en su humanidad, errores y todo, y me di cuenta que sí lo podía perdonar. Todavía tengo sentimientos confusos sobre mi papá. Pero la rabia ya casi ha desparecido, y ya no gasto tiempo y energía enfadado con el pasado.

-- Timothy Grower escribe la columna The Healthy Man para el Los Angeles Times. Esta historia apareció por primera vez un año después de los ataques sobre el World Trade Center.

Publicado por primera vez 23 de febrero de 2004
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