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Reseña de un Libro: Superando la Indulgencia

Too Much of a Good Thing: Raising Children of Character in an Indulgent Age
Por Dan Kindlon, PhD
Talk Miramax
267 pp $23.95
Hyperion



Por Karin Evans
CONSUMER HEALTH INTERACTIVE

Mientras se preparaba para su reunión de clase de los 25 años, Dan Kindlon, psicólogo de la Universidad de Harvard, se disponía a llenar la típica encuesta de reunión de clase. Los organizadores querían saber cómo se sentían los graduados acerca de sus vidas hasta el momento. ¿Su mayor logro? ¿Su experiencia más memorable? ¿Sus observaciones acerca de la vida en familia?

Absorto en su respuesta a esta última pregunta, Kindlon (autor de Raising Cain, un libro anterior que trata de los niños y la ira) encontró el tema de su nuevo libro. "Estoy evitando los errores que cometieron mis padres", escribió él, "pero estoy cometiendo otros".

Los hijos del milenio

Cuando empezó a pensar en esta cuestión, Kindlon concluyó que los baby boomers (hijos de la posguerra) como él, tratando ansiosamente de evitar la disciplina estricta y la frialdad emocional que significaba ser padre en las generaciones previas, se habían pasado de la raya en dirección contraria. "Nosotros damos demasiado a nuestros hijos y les pedimos demasiado poco." Como resultado, dice, esta generación de niños -- que apoda "los hijos del milenio" -- no están nada bien.

Esta advertencia sirve de tema a Too Much of a Good Thing: Raising Children of Character in an Indulgent Age. Los baby boomers, dice Kindlon, están ahora tan deseosos de complacer a sus hijos que han borrado la línea entre padre y amigo. Y, al hacerlo, no están haciendo ningún favor a su prole.

Profesor de psicología en Harvard, Kindlon hizo su investigación escogiendo para su estudio a un grupo en las más altas esferas de los ricos y privilegiados. Esta estrategia fue en contra de las normas de la investigación contemporánea, que en los últimos diez años ha tendido a enfocarse en los problemas sociales de los pobres.

Su investigación inicial pedía a los padres en el estudio que enumeraran las posesiones que tenían sus hijos: ¿Computadora, televisión, o teléfonos en sus habitaciones? ¿Autos, teléfonos celulares? ¿Caballos? ¿Tarjetas de crédito propias? ¿Vacaciones lujosas? Quizá no debería extrañarnos que encontró una relación muy clara entre la riqueza de una familia y los lujos que poseen sus hijos.

Un ambiente de abundancia

Pero el meollo del libro es lo siguiente: Aquellos niños atiborrados de posesiones materiales vagan por los pasillos de sus escuelas sintiéndose deprimidos, inadecuados y perdidos. Las observaciones reflejan las advertencias hechas, hace algo más de una década, por el Dr. Robert Coles, el renombrado psiquiatra de Harvard y autor de libros clásicos tales como The Spiritual Life of Children. Desde sus primeras observaciones, Coles identificó un vacío espiritual entre los niños criados en un ambiente de abundancia.

En una serie de retratos contemporáneos de adolescentes con problemas, Kindlon cita el caso de Connor, de 16 años, que copia en un examen sin darle importancia. Sus padres no se preocupan tanto por las implicaciones morales como por tratar de que la trampa no perjudique a su hijo a la hora de solicitar entrada a las universidades. Otra adolescente consentida, Melissa, goza de mucha libertad y de su tarjeta de crédito propia, y sin embargo anhela tener algún límite—alguna indicación de que a sus padres súper-ocupados les importa lo que ella está haciendo con su vida.

El libro cita a una madre que resume otra raíz del asunto: "Demasiado que hacer, tiempo limitado".

Kindlon dice que la generación consentida de hoy está "atareada y preocupada" a la vez. Criados en un mundo competitivo, pero demasiado protegidos como para tener experiencia en enfrentarse a los problemas reales de la vida, sufren de depresión y de otros males. Los niños rodeados de bienes y servicios no tienen idea alguna de cómo funciona el mundo, concluye Kindlon. No tienen por qué luchar, o contra qué luchar. Su vida social se alimenta a menudo de drogas y alcohol. Suelen ser egoístas, indefensos e incapaces de tolerar la frustración.

Los padres, ansiosos de que los hijos vayan a las mejores universidades, muchas veces ceden a la tentación de hacer por sus hijos lo que deben hacer los hijos mismos, sacándoles de los líos mientras pasan por alto las faltas emocionales y la infelicidad de los mismos.

Kindlon aborda uno por uno los problemas que enfrentan los adolescentes consentidos, desde los desordenes alimenticios y la falta de dominio de sí mismos al abuso de drogas y alcohol, desde la promiscuidad sexual al estado de ser "felizmente ignorantes acerca de la manera en que la mayoría vive" .

Quizás esto sea lo más triste de todo, que en un mundo repleto de desafíos, estos jóvenes criados con todas las oportunidades para la buena educación y la influencia social no podrán -- a menos que pase algo para sacarles de su ensueño -- contribuir soluciones.

Las trampas de ser padres

Déjenlos recoger lo que han sembrado, estarían tentados a decir algunos. Pero las observaciones de Kindlon son importantes. Y, lo que es más, se aplican, me parece, a muchas personas de medios más modestos. La tentación de ser un amigo, más que un padre, por ejemplo; la tentación de llenar las vidas de nuestros hijos con actividades y cosas en lugar de pasar con ellos ratos que valgan la pena; la trampa de ignorar las súplicas de ayuda de nuestros hijos.

Si las familias ricas sufren de exceso de atención al trabajo y al lujo, y de poca atención al alma y a la psiquis, las familias que luchan por la mera supervivencia se enfrentan con presiones similares -- los padres que trabajan dobles jornadas tienen poco tiempo y energía para hablar a sus hijos o escucharlos. Lo más triste, por supuesto, es que las familias con menos recursos poseen menos opciones para modificar sus vidas.

¿Cuál es la respuesta de Kindlon? Nuestros hijos necesitan nuestro tiempo, y nuestro cuidado -- infusiones paternas y maternas de comprensión, amor, y tiempo -- en breve, más de ese "tiempo de calidad" del cual se ha estado hablando ya por varias décadas.

Kindlon pide asimismo a los padres que establezcan límites congruentes y firmes. Escoja tres áreas importantes, dice. Decida qué es aceptable y qué no. Luego, siéntese para hablar acerca de estos límites con sus hijos. Describa las consecuencias de no obedecer. Pero tengan cuidado, padres: "La familia no es una democracia", escribe Kindlon, "y estas reuniones tampoco lo son. Deberíamos escuchar cuidadosamente las opiniones de nuestros hijos, pero la última palabra la tenemos nosotros".

El libro aconseja a los padres que limiten el dinero de que disponen sus hijos y de requerir que ciertos quehaceres del hogar se cumplan antes de darles mesada alguna. Kindlon hace notar que los adolescentes a los que nadie pide hacer un poco de trabajo tienden a considerarse a sí mismos como mimados. "Saben que están recibiendo algo a cambio de nada".

En última instancia, afirma, nuestros hijos necesitan aprender a aguantar dificultades, superar obstáculos y aprender que la vida es algo más que saltar de un centro comercial a otro. "Nos hacen falta las privaciones fabricadas de los campamentos de hockey, el entrenamiento de supervivencia y de dos años ayudando en una clínica en África al sur del Sahara". "Para la mayoría de los chicos norteamericanos, las dificultades físicas y psicológicas de esta magnitud no son parte de su experiencia".

Tiempo de calidad esencial

El autor subraya las tristes estadísticas sobre cuán pocos padres pasan un tiempo especial con sus hijos -- no discutiendo o viendo televisión, sino realmente disfrutando su compañía. Hace notar que son muy pocas ya las familias que comparten una comida. Cita el ejemplo de un padre, instado por un psicólogo a pasar aunque fuera una hora con su hijo haciendo algo que los dos quieren hacer. El padre regresó asombrado, diciendo que con una hora la diferencia fue notable. "Vamos a convertirlo en rutina", dijo el padre.

"Hagamos todos lo mismo", exhorta Kindlon. "Acostumbrémonos a pasar tiempo con nuestros hijos. No existe una cosa más importante que podamos hacer para ayudar a un niño que muestra mucha ira, o un niño que ha volcado su ira hacia dentro y se ha vuelto desganado, ansioso y deprimido."

Kindlon hizo su investigación antes de la bajada económica actual. Puede que muchos de los padres que prodigaban a sus hijos con autos y tarjetas de crédito estén sufriendo las consecuencias económicas de la bajada— el paro, esperanzas rotas de convertir sus acciones en millones, carteras de inversiones drásticamente reducidas en valor. Estos tipos de estrés económico indudablemente no hacen otra cosa que aumentar los problemas. En tiempos duros, ¿qué es más probable, que una madre o un padre que sean ejecutivos ambiciosos doblen sus esfuerzos en el trabajo o que decidan pasar más tiempo con los niños?

Si la respuesta fuera esta última, tal vez pudiera brindar un rayo de luz a un cuadro de otro modo sombrío.

-- Karin Evans es la autora de The Lost Daughters of China: Abandoned Girls, Their Journey to America, and the Search for a Missing Past (Penguin Putnam). Trabaja en la actualidad en un manual de entrenamiento para las instituciones chinas de bienestar social, patrocinado por la Fundación Ford, que se llama A Kind Word, A Gentle Touch, and Someone to Help Us Learn.




Revisado por Charles E. McLaughlin, MD, que enseña en la Universidad de California en Berkeley.

Publicado por primera vez 24 de marzo de 2006
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