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Enfermedades y Trastornos

Adiós al Problema del Azúcar




Por Jon Carroll

El columnista Jon Carroll habla de su diabetes -- y nunca se ha sentido mejor.

El columnista Jon Carroll habla de su diabetes -- y nunca se ha sentido mejor.

Cuando se me diagnosticó diabetes en el otoño de 1998, mi primer impulso fue ignorarlo. Ni me dolía ni me iba a morir antes del Super Tazón (Super Bowl). No era una enfermedad tan grave, en absoluto.

Mi médico me dijo que debía vigilar mi dieta y hacer más ejercicio. Los médicos me habían dicho lo mismo durante 25 años. Estuve de acuerdo en que los cambios en el estilo de vida eran importantes; siempre lo creí. Perdí 250 libras entre 1990 y 1998. Dicho de otra manera, perdí las mismas 50 libras cinco veces.

Entonces empecé a oír más cosas sobre la diabetes. Palabras como "ceguera", "amputación", "impotencia" y "fallo en el riñón" se hicieron comunes en las conversaciones. Empecé a pensar en mis hijas, en si algún día conocería a mis nietos y en lo maravilloso que sería pasar el tiempo con mi esposa con mis dos piernas enteras, desde la cadera hasta los dedos de los pies.

Así que hoy acudo al gimnasio y vigilo mis calorías, lo cual está bien pero no es suficiente. También acudo a clases tres días a la semana sobre Cómo Ser una Persona con Diabetes. Por algún motivo, la palabra "diabético" no se considera bonita. Ser una persona con diabetes y ser una persona con una vida normal: ahí está el truco. La muerte es el síntoma más problemático de la diabetes.

Quizás haya oído que los Centros para el Control y Prevención de Enfermedades (Centers for Disease Control and Prevention) anunciaron recientemente que la diabetes ha logrado el título oficial de epidemia. Dieciséis millones de estadounidenses la padecen; y al menos la misma cantidad de personas que aún no han sido diagnosticadas. Es una enfermedad que no presenta síntomas hasta las últimas etapas; de hecho, yo descubrí que la tenía cuando me hice unos análisis de sangre por otros motivos.

Después de mi diagnóstico, tuve problemas para usar la palabra "diabetes". Les dije a mis amigos que tenía un problemita con el azúcar. Algo sin importancia. Ya estaba tomando medicación. La verdad es que ya tenía los síntomas antes de que fuera diagnosticado. Si alguna vez se ha dicho a sí mismo: "Es cierto que voy al baño más que las demás personas. Bebo más líquido que el resto de las personas", es tiempo de que se haga un análisis de azúcar en la sangre. E igual si tiene la visión borrosa.

Es una triste realidad que muchos doctores de medicina familiar no saben tanto de la diabetes como deberían. Ahora soy un estudiante cum laude de la materia. Existen dos tipos de diabetes, la de tipo 1 y la de tipo 2. A la de tipo 1 se la llama también diabetes de jóvenes. A la de tipo 2 se la llama diabetes de adultos. El noventa por ciento de los diabéticos de Estados Unidos tienen la del tipo 2, incluido yo.

La diabetes, sea cual sea el tipo, se caracteriza por un incremento anormal de la presencia de glucosa en la sangre. La glucosa es un tipo de azúcar. La insulina es la sustancia del cuerpo que controla la utilización del azúcar. Se produce en el páncreas, un órgano un tanto feo que está adherido al estómago.

La diabetes de tipo 1 es una enfermedad autoimmune donde el cuerpo produce poca o ninguna cantidad de insulina. Las personas con diabetes de tipo 1 necesitan inyectarse insulina para regular sus niveles de glucosa.

La diabetes de tipo 2 se caracteriza por la "resistencia a la insulina". No se conoce mucho de ella, pero sí se sabe que los pacientes tienen mucha menos insulina que el resto de las personas y que encuentra problemas para comunicarse con el receptor de insulina de las células. Una vez que la insulina está en las células, los defectos de la enzima le impiden trabajar como debería. Las teorías no son pocas: que si el páncreas produce la insulina equivocada, que si las células beta que producen la insulina se mueren lentamente, que si el hígado manda la glucosa que almacena de manera inadecuada ...

Hay una relación muy fuerte entre el aumento de los casos diagnosticados de diabetes (un incremento del 41 por ciento en 10 años, algo impensable para una enfermedad no infecciosa) y el aumento de la obesidad entre los estadounidenses. Se sabía que los adultos obesos tenían más probabilidades de contraer diabetes que sus co-ciudadanos delgados. Ahora se sabe también que la obesidad incrementa la resistencia a la insulina en todos los pacientes, incluso en aquellos sin diabetes.

Esto me lleva de nuevo a mi historia. Como un recién diagnosticado de diabetes, aprendí que tenía que estar bajo dos tipos de dieta: una dieta típica baja en calorías para perder peso y una dieta baja en carbohidratos. Los carbohidratos (presentes en la leche, fruta, pasta, pan, arroz y el mismo azúcar) son los que aportan la glucosa al cuerpo; "contar carbohidratos" es la rutina diaria para una persona con diabetes. Un medidor de glucosa puede ofrecer información instantánea sobre qué menú tomar. Las personas con diabetes comparten su vida con los números. Puede ser muy, muy aburrido, pero es mejor que morirse, claro.

Así que me lo tome como una religión. Desde diciembre de 1998 a noviembre de 1999 perdí 65 libras. Caminé una hora cada día y empecé un programa para perder peso. Se me dijo que al aumentar mi masa muscular podría cambiar mi metabolismo y procesar mejor las calorías. Cambié el salvapantallas de mi computadora por uno titulado "El año del cuerpo". Contraté un entrenador personal. Acabé llamando al gimnasio "La casa del dolor de Hiroko". Y no siempre quería ir allí, pero el nombre me hacía reír lo suficiente como para animarme a ir cada sesión.

Hiroko (mi entrenadora) me enseñó ejercicios de estiramiento y me pidió que imitara sus movimientos. Algunas veces no podía hacerlo. Pero tomé conciencia de mi propio cuerpo. Era como si mi cuerpo tuviera muchas estancias que nunca había visitado. Supervisé cuidadosamente mi dieta. Controlaba cada gramo de carbohidratos de mis comidas. Contar los carbohidratos automáticamente crea la idea de comer con moderación. A veces tenía carne con papas y ensalada. Y comí mantequilla, un regalo de los dioses para el paladar. Me sentía bien. Dormía bien. Y llegué a verme los pies. Un año después del diagnóstico logré mi meta en cuanto al peso. Logré prescindir de la medicación (la metformina, comercializada con el nombre de Glucophage) al perder peso a la vez que vigilaba los carbohidratos. Había sido un niño bueno y seguro que Papá Noel (o Santaclós) me recompensaría.

¿Y qué pasó? Que los niveles de glucosa empeoraron un poco. Mi médico sugirió tomar un poco de otro tipo de medicamento. Parecía que mis células beta estaban muriéndose y que debería empezar a inyectarme insulina. Cuando empecé a firmar mi columna del periódico como un CWD (Columnista con Diabetes, en inglés), las personas me llamaban aparte y me preguntaban en un tono fúnebre: “¿Cómo estás?” Algunas veces seguían, “No, de verdad, ¿cómo estás?” Había cierto tono de funeral en la pregunta y hasta mi apariencia con ropa deportiva o mi risa ante una situación divertida era tomado como un intento de disimulo. Mis compañeros tenían buena intención. Lo sé. Yo hacía lo mismo con otras personas. Pero sólo quería que no se comportaran así.

De hecho, ahora mismo y bajo cualquier estándar, estoy más sano de lo que había estado nunca desde la administración de Carter. Y todavía no puedo decir “Estoy bien” sin que haya alguien que me diga: "Eso es. Con ánimo. Así es como se sobrelleva".

No, de verdad, que estoy realmente bien. ¿Quiere ver los resultados de mis análisis?

Soy más fuerte y más rápido. ¿Cuán mal puedo estar? Mi tasa de hemoglobina A1c es la envidia de todos. Mi presión sanguínea está más baja que hace 30 años. Y encima tengo un aspecto fabuloso.

-- Jon Carroll es columnista diario para el periódico San Francisco Chronicle.

Publicado por primera vez 29 de diciembre de 2004
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