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En Primera Persona: Cómo éramos entonces

Una adolescente recuerda una época en que casi todas las niñas en su escuela media voluntariamente pasaban hambre


Por Isabel Estrada
CONSUMER HEALTH INTERACTIVE

La primera vez que me topé con el fenómeno de los desórdenes alimentarios fue en la escuela media. Me había cambiado de una escuela primaria pública, artística y diversa a una escuela de artes liberales para los "dotados." Era una de las tres o cuatro estudiantes no blancas y una de cuatro o cinco que no vivían en una mansión. Cuando me pongo a reflexionar sobre esos años --desde los 10 a los 13 años -- me doy cuenta que no me acuerdo de mucho porque dormía muy poco. Regularmente me quedaba despierta haciendo la tarea hasta las 2 o 3 de la mañana, y después me tenía que levantar a las 6 para llegar a la escuela a tiempo.

Mi única verdadera amiga y yo reaccionamos a la constante presión a nuestra manera. Escuchábamos a Hole y los Sex Pistols; ella se vestía de modo "punk" y yo me vestía de chola. Nos tenían fichadas de escandalosas, negativas y contrarias y, por lo general, lo pasábamos juntas siempre a la exclusión de otras. Mi humor fluctuaba radicalmente. Aunque no crecí mucho en estatura, sí subía de peso a medida que las otras chicas en la clase se ponían anoréxicas o bulímicas, o empezaban a cortarse.

Al principio ignoraba lo que estaba sucediendo alrededor mío. No me acuerdo cuando fue exactamente que me di cuenta que mi amiga y yo éramos las únicas de nuestra clase de 30 que no dábamos señas ni de anorexia ni bulimia. De pronto, empecé a verlo por todas partes. Primero me fijé que una chica siempre regalaba toda su comida a la hora del almuerzo mientras una amiga suya no consumía más que té. Muchas de mis compañeras de clase no comían nada en todo el día.

Entonces, un día en la clase de estudios sociales, me fijé que una de mis compañeras de clase más dedicadas y quien de costumbre llevaba mangas largas, tenía rasguños cicatrizados de un centímetro de alto por todos los brazos y las muñecas. Cuando alguien le preguntaba acerca de las marcas, simplemente se reía y decía que su gato lo había hecho. Pensé que eso parecía un poco excesivo para un gato, pero no supe sino hasta mucho después que ella se había cortado con una hoja de afeitar.

En otra ocasión, varias compañeras de clase conversaban acerca de cortarse justamente después de que una especialista invitada nos había hablado sobre ese mismo tema, y una de las chicas -- a todo parecer la rubia perfecta que atraía toda la atención de los niños -- de repente alzó la camisa para mostrarnos tres cuchilladas en la barriga que la atravesaban de un lado a otro. Otra niña señaló las huellas oscuras de color rojizo-morado en la mano derecha causadas por cigarrillos apagados en su piel. A lo mejor para estas niñas esto no era otra cosa que un rito raro de la adolescencia. Pero cuando me mostré sorprendida, me miraron como si fuera yo la rara, diciendo, "¿Tú nunca, bueno, es decir, nunca te cortas?"

No, por cierto. Nunca me corté. Era escandalosa, de humor muy variable, negativa y cruel, pero nunca me corté. Es hasta ahora que estoy escribiendo esto a la edad de 18 años que me doy cuenta que el comportamiento mío que mis maestros veían como marginada, de una chica descontrolada, era bastante sano comparándome con todas las demás.

Mayor terror a la gordura que a un holocausto nuclear

Como aprendí más tarde, los desórdenes alimentarios y la mutilación -- o sea cortarse con un cuchillo, navajilla de afeitar u otro objeto agudo para enfrentar el dolor emocional extremo --muchas veces se presentan juntos. Pasar hambre voluntariamente (anorexia) y comer en exceso compulsivamente seguido por el vomito auto-inducido (bulimia) se presentan con mucha frecuencia entre niñas de primaria y media. "Hace 10 años los trastornos alimenticios raras veces afectaban a niñas menores de 15 años. Hoy se están convirtiendo rápidamente en una epidemia entre niñas de 7 a 12 años", escribe la psicóloga Marlene Boskind-White, PHD, autora del libro Bulimia/Anorexia: El Ciclo de Gula, Purga, y Privación. Según La Asociación de Anorexia y Bulimia de Estados Unidos, un millón de adolescentes y adultos -- la vasta mayoría mujeres -- desarrollan algún desorden alimenticio cada año, y 150,000 personas mueren a causa de ello.

"A la mayoría de las adolescentes con las que hablo les parece que una talla 2 es de lo más normal, cuando de hecho la adolescente promedio es talla 10," dijo el Dr. Ira Sacker, autor de "Muriendo por ser delgado" a la revista People. "Hay un estudio que muestra que las jóvenes tienen más miedo de ponerse gordas que de un holocausto nuclear o de que sus padres mueran".

Un ejemplo: Julia, una compañera mía de la media, hace poco reveló que una vez cuando estaba en la escuela media, recortó un artículo sobre la anorexia de una revista de modas. No le causaba ningún pavor, por lo contrario, sentía una atracción por ello, y empezó a usar el artículo como modelo para sus propios hábitos de consumo.

Los psicólogos dicen que los desórdenes alimenticios surgen de un sentimiento de debilidad frente a todos los retos de la adolescencia. Son tiempos confusos cuando supuestamente estamos forjando nuestras propias identidades, aunque diferente es más desafiante que nunca durante la adolescencia.

Yo me acuerdo de una época antes de la pubertad en la cual me amaba a mi misma mucho. Pensaba que yo era la persona más inteligente, más graciosa, más entretenida en todo el mundo. Pensar que yo podía sentirme algo menos que espléndida porque tenía pancita o una cara que no parecía a la de una modelo nunca me pasó por la mente. Me daban pena las niñas que se veían mayores con su narices corvadas de mucha dignidad, grandes ojos mediterráneos y pelo oscuro que se transformaban en rubias para tratar de alcanzar de algún modo la imagen de la perfección femenina vista a través de los medios de comunicación. No podía entender a las niñas que gastaban su energía odiando sus caderas bien formadas, sus nalgas grandes o brazos con los músculos bien definidos. Pero al ingresar en la escuela media, empecé a hacer lo mismo.

Un día en el sexto grado cuando llevaba pantalones cortos -- antes de engordar y avergonzarme de mostrar mis piernas -- todas las chicas se arrimaron para preguntarme desdeñosamente por qué no me afeitaba las piernas. A lo mejor yo contesté que no sabía o no me importaba hacerlo, pero empecé a afeitarlas poco después -- a pesar de que a la edad de 10 realmente no lucía mucho pelo en las piernas. Durante los próximos tres años empecé a percibir mi existencia de un modo totalmente diferente. Me preguntaba constantemente qué iba a hacer en la vida si la gente no me consideraba perfectamente bella.

Yo me acuerdo que cada día en la escuela media, por ejemplo, las niñas entraban en competencia en el baño mientras nos cambiábamos para la clase de gimnasia o de baile. Si es cierto que nadie nunca salió perfecta, alguien siempre tenía la ventaja."Ay por Dios, no puedo, tú sabes, ni ver mis muslos". "¿Qué habrá sucedido con mis caderas? ¿De dónde salieron? Al menos tus nalgas no cercan al mundo entero. "Ayyyy. Cómo odio esta grasa que hay en la barriga; es tan repugnante. Ay Dios, al menos tus ojos no son demasiado chicos. Y ¿qué? ojos Mírame la nariz; es tan repugnante. De verdad quiero cortarla ya de una vez. Al menos tú tienes labios. Al menos tu pelo no es crespo. Odio ser tan baja. Odio ser más alta que todos los muchachos. Al menos no tienes los dedos regordetes. Juro por mi madre que tengo los pies feos. Al menos tú no eres gorda.

Ahora que lo pienso bien, no me sorprende para nada que casi todas las chicas de mi clase fueran anoréxicas o bulímicas. Machacábamos cada día estas ideas de una perfección nunca alcanzable en nuestras impresionables mentes cada día.

El yo susurrado

Muchas adolescentes que padecen de anorexia se crían en familias que enfatizan la apariencia exterior y los logros. En mi escuela media, parecía que incluso las madres de muchas de las chicas eran casi tan inmaduras como sus hijas. Las madres también pertenecían a sus grupitos, y usaban a sus hijas para sobrepasar a las demás madres. Por medio de sus madres, muchas de mis compañeras se enteraban de los últimos chismes relacionados con los padres de las demás.

El ejemplo de los padres, en conjunto con la presión enorme de los maestros de hacer montones de tarea sin quejarse y de que adaptáramos el modelo de sus estudiantes predilectos del año anterior, creo yo, llevaron a tantas de mis compañeras a volverse anoréxicas o abusarse en otras maneras. La preferida de la clase siempre era perfecta en todo. Tenía que ser linda, popular, con modales perfectos y, sobre todo, muy entusiasta acerca de sus interminables tareas y las múltiples actividades extracurriculares. Simplemente sobresalir en la escuela no era suficiente.

Entonces las niñas inventaron un y nuevo, más delgado, más popular. Para algunas, la anorexia empezó con una simple dieta. Cuando la niña percibió los resultados, le hizo creer que tenía el control sobre todos los aspectos de su vida. A lo mejor no podía controlar la sangre que derramaba de su cuerpo ni el desarrollo de sus senos, pero sí podía controlar cuánto comía. Para la perfeccionista, el "control" repentinamente se salió de control.

Julia, mi compañera de la media, admite que ella misma, de forma deliberada, se dirigió por el camino de la anorexia cuando estaba en la escuela media. Julia tenía una familia amorosa, y para sus madres lesbianas la apariencia no era gran cosa. Existía otro motivo en su caso particular: En el sexto grado Julia aparentaba más que su edad y recibía mucha atención masculina. La verdad es que le disgustaba el interés que los hombres en sus 30 y 40 le prestaban. De hecho sentía que cuanto más pequeña fuera sería más fácil pasar inadvertida.

Julia empezó a limitarse a ingerir 1,000 calorías por día y quemarlas todas. Después bajó a consumir y quemar 500 calorías diarias. Para satisfacer sus ansias por los dulces, comía azúcar blanca y moreno. Julia también usaba su anorexia para rebelarse, haciendo precisamente lo contrario de lo que todos le decían que tenía que hacer. Como anoréxica, ella había encontrado una manera de individualizarse en su ambiente de clase media blanca. Le mandaron a una psicóloga, pero resultó que la niña la odió con pasión y la consideraba su adversaria. Julia tomaba galones de agua antes de cada cita para que pareciera que pesaba más de lo que en realidad pesaba.

Siento que soy una persona más fuerte gracias a mis experiencias, pero el dolor de esos años todavía está conmigo. No fue sino hasta que cumplí mis 17 que me empezó a gustar verme diferente a las demás, y empecé a fijarme en lo bellas que eran muchas de mis compañeras en sus aspectos muy individuales.

Tengo un deseo para mis compañeras de clase de la escuela media: es la esperanza de que ellas también puedan superar el odio que sienten por si mismas y que, en el futuro, encuentren algo de paz.

-- Isabel Estrada, 19 años, es bailarina y actualmente está cursando estudios en la Universidad de Columbia en Nueva York.



Otros Recursos

InnerSolutions

http://www.innersolutions.net

Something Fishy

http://www.something-fishy.com

Optimal Eating

http://www.healthyeating.com




Revisado por Revisado por Lynn Cohen, MA, MFT, asesora certificada en matrimonio y familia en ejercicio privado en Vacaville, California

Publicado por primera vez 27 de febrero de 2004
Actualizado por última vez 14 de diciembre de 2005
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