AHealthyMe AHealthyMe
_
_ _Buscar Este Sitio
En Inglés

Página Principal
Nutrición y el Buen Estado Físico
Salud Femenina
Salud Masculina
Salud Infantil
Cuidado Dental
Primeros Auxiliosl
Salud Emocional
Bienestar y Estilo de Vida
Males y Condiciones
Centro de Medicamentos
Herramientas Útiles
Enciclopedia
Recursos
-


First Person Essays
 





En Primera Persona: Cuando Un Ser Querido se Está Muriendo Por el Alcoholismo

¿Qué se puede decir cuando un ser querido se está muriendo por el alcoholismo?


Por Cynthia Gorney
CONSUMER HEALTH INTERACTIVE

En el cuarto del hospital de mi madre había una sola ventana, y al asomarse por esta ventana uno podía divisar el Puente Aéreo. En Minnesota es un puente famoso que aparece en imágenes fotográficas en postales. Alrededor del puente se desdoblaba el Lago Superior, tan plano y luminosa y vasto como el mar. Mi madre me había dicho por teléfono que ella tenía una vista al lago. Yo estaba en mi cocina en California intentando que mi voz no se resquebrajara.

"¿Te internaste en el hospital hace cinco días sin avisar a nadie?" dije cuidadosamente en el teléfono. Cuando contestó, como una idiota por un momento pensé: "Está borracha en el hospital. ¿Cómo puede ser que esté borracha?" No quiero que vengas", dijo mi madre en una voz pastosa, fingiendo estar feliz. "No sabría que hacer contigo. Estaba harta de sentirme mal; el estómago me dolía. No podía dejar de toser. Las enfermeras me tratan bien. Y tengo una vista del lago".

Todo esto ocurrió en la primavera, hace poco. Estoy escribiéndolo porque quisiera que sepan lo que sucede cuando un ser querido muere de alcoholismo.

No voy a predicar, ni voy a hacer un llamado a los sociólogos; tampoco voy a presentar un montón de números o teorías de investigación o consejos de Alcohólicos Anónimos. Hice eso cuando mi madre estaba viva, a mi manera. Mientras lo hacía, mi madre seguía tomando. Ella tomaba con toda discreción y sin hacer ninguna bulla en la privacidad de su hogar en su habitual desorden agradable. Era muy activa en su iglesia y viajaba al extranjero y trabajaba de voluntaria en comités para ayudar a los desamparados y cuidar a los refugiados latinoamericanos. Leía prodigiosamente y escribía en tres lenguas y tenia amigos en lugares como León en Nicaragua y Harbin en China. Podrá notar que era una mujer de mucha curiosidad y muy culta, y era muy inteligente. Murió en marzo de cirrosis hepática, que la misma enfermedad que mata a los hombres que duermen debajo de colchas cerca de las rejas de las alcantarillas.

Quiero que sepa esto, porque si usted es como soy yo o como mi madre, a lo mejor cree que lo sabe todo—cuando la verdad es que no, no todo. No sabe que cuando una mujer culta en sus sesentas padece cirrosis, estará tendida en una cama de hospital cerca del pabellón de oncología y cuando usted sale ascensor, todas las enfermeras se arrimarán rápidamente porque necesitan prepararle de antemano para lo que va a presenciar en pocos minutos.

No sabe que la primera vista desde el umbral será de piel -- la piel de una pierna o de un brazo, no puede decir con toda seguridad cuál porque esta piel es verdosa y parece poco probable que sea piel humana. Seguramente se debe a algún maquillaje o a algún problema con las luces. Las enfermeras están susurrando a su alrededor, "La verdad es que se ve bastante mal ahora". El cuerpo cambia de posición y nota que no es la luz. Es lo que la cirrosis hace al cuerpo humano. Antes de matarle, la piel se le vuelve color verde ocre.

Hubiera querido que alguien se lo hubiera dicho a mi mamá antes de que le sucediera.

Tenía una sed espantosa y durante los primeros días, cuando todavía había la esperanza de que se recuperara, le daban a tomar agua solamente en pequeños sorbos. Cuando mis hermanos y yo llegamos, ella nos pidió que le trajéramos agua a escondidas. Supongo que la ironía de esta petición nos impresionó a todos por igual ya que mi madre nunca había pedido a ninguno de nosotros que le trajéramos alcohol a escondidas; en nuestra casa las botellas de ginebra o vodka las entregaba el muchacho de la tienda de abarrotes y luego eran depositadas muy discretamente en el tarro de la basura después de vaciadas dignamente en vasos grandes con una rebanada de limón.

Mi madre nunca manejaba el coche de forma errática ni nos golpeaba con cepillos para el cabello ni se comportaba como una de esas mujeres locas en los libros escritos para dar a conocer las verdaderas vidas de las estrellas de cine. Fue después de que ingresó en el programa de tratamiento residencial y seguía tomando de todos modos que empezó a ocultar las botellas, llevándolas debajo de su ropa en el fondo de su maleta cuando venía de visita. Nunca habló de ello. Cuando intentamos abarcar el tema, nos hacía un gesto negativo con el brazo y cambiaba de tema. Nosotros seguíamos moviendo nuestras bocas pero sin que ella oyera porque tenía la capacidad de entreponer un muro grueso de cristal — era como si lo sacara del aire. Ella podía hacer esto porque nosotros, como hijos suyos, no nos sentíamos con la fuerza suficiente para tumbarlo.

En el hospital, ella llevaba un parche sobre el ojo cuando llegamos; al día siguiente las enfermeras se lo habían quitado y pudimos divisar que el ojo se veía como si hubiera explotado desde el interior. Aparentemente esta no era una de las cosas que le causaba dolor; sin embargo una tela de araña sangrienta se había expandido por el ojo y era difícil mirarle la cara sin enfocarse en ese ojo dañado. Su estómago estaba hinchado de líquido. Su piel estaba suelta alrededor de los huesos, arrugada, blanda y verdosa. Cuando le acariciaba la cabeza, su pelo me parecía muy negro, muy brillante, y me acuerdo que pensaba que esto era el único lugar que se mantenía con vida, el pelo en la coronilla.

Si los médicos hubieran atendido a mi madre antes, a lo mejor la hubieran podido salvar, pero ahora su hígado había cesado de funcionar del todo.

El médico era un residente demasiado joven que parecía que no tenia la capacidad de sonreír y con ojeras bajo sus ojos. Nos llevó a mis hermanos y a mí a un cuarto pequeño con una mesa y nos dijo que el alcohol había transformado el hígado de mi madre en algo parecido a un trozo de cuero. Nos dijo que los hígados son fuertes y pueden resistir mucho abuso, incluso hay ciertas personas que pueden sobrevivir con sólo una porción de sus hígados. Si hubieran atendido a mi madre a tiempo a lo mejor habrían podido salvarla.

Pero ahora su hígado había cesado sus funciones del todo, y eso estaba afectando los riñones y causando peritonitis, un colapso de su sistema, agotamiento cardiaco, entre otros detalles médicos que me costaba entender. El médico residente dijo que tardaría unos días en morir -- tal vez más -- y si éramos capaces, era el momento de despedirnos de ella, cada uno a nuestra manera. Cuando salió del cuarto, mis hermanos y yo nos quedamos abrazados fuertemente. Habíamos hecho lo mismo en el programa de tratamiento residencial, que fue la única otra vez –- desde que somos adultos -- que había visto llorar a mis hermanos.

Llamamos al sacerdote de su iglesia, un episcopaliano de cara dura, con pelo negro corto y un fuerte estrechar de la mano. Nos dijo que él mismo era alcohólico en recuperación, y me escuchó sin decir nada cuando me detuve en el pasillo para decirle que no entendía. Nunca he podido entender por qué ella nunca pudo pedir ayuda. Ingresó en el programa porque estaba alucinando y en cuanto dejó de alucinar, el muro de cristal se volvió a imponer. "Nadie llegó a romper la barrera de nuevo", le dije al cura y el cura dijo, "Lo sé".

Así es como funciona el alcoholismo. La enfermedad le prohíbe nombrar la enfermedad. Uno está tan metido dentro de ella que ni siquiera puede levantar el teléfono para pronunciar las palabras "ayúdenme". El cura comentó que estaba en una fiesta donde estaba tomando y al otro extremo del cuarto había un hombre de Alcohólicos Anónimos. El sacerdote siguió allí, en pleno conocimiento que estaba enfermo y que este hombre tenía un tipo de medicina que podía ayudar a curarlo; sin embargo no pudo caminar hacia ese hombre para hablarle. "Así es la enfermedad", dijo el cura. "No pude hacerlo".

En la tarde trasladamos a mi madre a la clínica especial, donde van los pacientes para morirse.

Hay mucho más que podría decirles. Por ejemplo, algo de los trayectos por los que todos pasamos y el último gesto de soltar una mano demasiado cansada para responder. O quizás el sonido que hace la respiración de una persona cuyo hígado se ha vuelto un mero pedazo de cuero. En los pasillos del hospital era posible oír la respiración de mi madre a una distancia de dos cuartos; cuando ella inhalaba se oía un gemido insignificante y cuando exhalaba se oía un gemido mas profundo. Yo tenía que caminar alguna distancia en el pasillo, pasando por el pabellón de oncología, para ahuyentar los sonidos de su respiración.

Al fondo del pasillo había un cuarto con una ventana sin cortinas y una vista amplia que daba al lago. Allí estaba cuando una enfermera vino a decirme que era necesario que fuera al cuarto de mi madre. Cuando tocó mi brazo para ayudarme a mantener la estabilidad, supe que mi madre ya había muerto. Estoy contándoles esto porque nadie me lo contó a mi -- que el alcohol la estaba matando, y no en la manera metafórica, oscura que los hijos de alcohólicos se cuentan en sus grupos de privación emocional, sino precisa y literalmente y de tal manera que por los últimos tres días de su vida tuvo la piel verde y un ojo lleno de sangre y hacía un sonido horroroso cada vez que respiraba.

Quisiera que alguien oyera esto. Quisiera imaginarme que en alguna casa -- con su desorden habitual -- que vive un hombre o una mujer que no sabe, de verdad no sabe, y podría leer acerca de mi madre para luego decir, "Ahora sí sé." Mi madre se hubiera puesto furiosa por haberle avergonzado públicamente. Así lo habría sentido. Era una mujer orgullosa, y creo que ella moría con mucho miedo y demasiado avergonzada para poder repetir en voz alta el nombre de la enfermedad que la mataba. Yo lo repito por ella ahora: peritonitis causada por el alcoholismo, seguida por falla renal y luego un paro cardiaco. Si una sola persona lee estas palabras y levanta el teléfono para pedir ayuda, mi traición se habrá justificado.




Revisado por Michael Potter, quien en enseña en UCSF Medical Center.

Publicado por primera vez 27 de febrero de 2004
Copyright © 2000 Consumer Health Interactive


Subir



Sobre este sitio | Privacidad | Los términos de uso | Contáctenos
-