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La Seda Dental Me Permitió Salvar Mi Boca Enferma -- y Mi Alma También

En este ensayo de primera persona, un escritor cuenta como superó un desastre dental con un pequeño y delgado pedazo de hilo.


Por Robert Lipsyte

Esta es una oda a un pedazo de hilo, con o sin cera. Limpiar con seda dental es mi vida. No se ría, señor sarro. Si supiera lo que yo ya sé, y pronto sabrá, dejaría el gimnasio, botaría el resto del Merlot y vendería la casa del campo. Tomaría su salud mental en sus dos manos, con un par de pulgadas de separación, y se quitaría las penas limpiando con seda dental.

Como tantos grandes descubrimientos, este fue accidental. Andaba buscando la salud dental – no mental – cuando fui por primera vez a la oficina del Dr. Mark. Como podrá recordar en asaltos previos a su tolerancia literaria, mis encías estaban en tan horrible estado que mis dientes pedían ser extraídos a gritos. El doctor Mark ordenó a su secretaria, Gail, borrar del horario todos los lunes por la mañana para hacer espacio para mí, solicitar ofertas cerradas de varios odontólogos, y volver a programar sus vacaciones a Europa. Como cliente de nivel “corona de oro,” me dieron los números del teléfono del carro y hasta de la lancha. La higienista principal, Marsha, entró con lo que parecía un martillo perforador y una azada para limpiar mis dientes.

Cancelé mis propias vacaciones, abrí la boca y cerré los ojos. Me dieron unos auriculares. Escogí “Born in the U.S.A” por Bruce Springsteen para ayudar donde la novocaína fallaba.

Más tarde hubo una conferencia. La parte derecha superior de mi boca, con pérdida ósea, bolsas periodontales y dientes ya empastadas demasiadas veces, siempre sería un terreno peligroso. El doctor Mark planeó una campaña, Operación Asalto Dental: después que me hubiera recuperado de esta invasión, me extraería por lo menos una muela y supervisaría una cirugía en mis encías. Mientras tanto, yo me cepillaría los dientes, me haría masaje en las encías y me limpiaría con seda dental en la casa como preparación.

¿Seda dental? Yo había oído de eso. Parecía una actividad aburrida, un poco sucia, y un gran gasto de tiempo. La hábil Marsha me enseñó con movimientos de los juegos de cunitas que nunca iba a llegar a dominar. “¿Tengo que limpiar cada diente con seda dental cada noche?”, lloriqueé.

“Claro que no,” dijo Marsha con una sonrisa de zorra, “sólo los dientes que quieres seguir teniendo”.

En camino a la puerta, le pregunté al doctor Mark si era posible evitar la cirugía y alcanzar la salud dental limpiando con seda dental. En mi opinión, su sonrisa era condescendiente cuando respondió: “Nada es imposible.”

Lo tomé como un reto. La idea de una cirugía en las encías me daba demasiado estrés. Soy un tipo oral: hablo demasiado, como demasiado. Cualquier mención de carne suelta o suturas me ponía mal. Me han cortado y destripado en lugares terribles, pero por alguna razón me parecía que eso de ser cortado en la boca era lo peor.

Sus palabras sordas me sonaron como un torno perforando un diente: “Esta no es una competición a corto plazo. Esto es para el resto de la vida”.

Decidí transformarme en un obsesionado de la seda dental. Cada noche, cada diente, aunque me diera el síndrome del túnel carpiano. Al principio yo era demasiado vigoroso y me hacía sangrar las encías. Entonces me acordé que Marsha me había dicho que el propósito era simplemente quitar la placa antes de que se endureciera. Limpiar con seda dental requiere delicadeza. Pensé en esa figura de finura, Fred Astaire, deslizando por el esmalte de mis dientes; de Muhammad Alí, con sus pisadas delicadas. Limpiaría con estilo y sutileza. Mis manos manejaban la seda al paso de “Sketches of Spain” de Miles Davis.

Cuando regresé al doctor Mark después de seis semanas, no podía aguantar su sorpresa. “Parece mejor.” Me miró más de cerca. “Realmente hiciste un trabajo allí. De veras limpiaste con seda dental cada noche?”

“Quizás me vuelva profesional. ¿Qué cree usted?”

“Vamos a ver. Es posible que no tengamos que hacer nada por un tiempo.”

Bailé hasta mi casa. Era temprano en la tarde, pero aún así me hice una limpieza ceremonial con la seda dental. La próxima semana tenía que hacer un viaje de trabajo, y con esto y lo otro no pude limpiarme una noche, y eso se convirtió en dos noches que no me había limpiado con seda dental. Me sentí un poco tenso. Cuando pasaba la lengua por encima de mis dientes imaginaba percebes habitando en ellos. Cuando regresé a casa, establecí un régimen de limpiar dos veces al día y aseguré que cada diente recibiera el tratamiento total.

Los ojos de Marsha parecían salírsele de sus órbitas cuando volví a verla un mes después. “¿Lo mejor que ha visto? ¿Estoy listo para las Olimpiadas de Limpieza con Seda Dental?”

La siempre lacónica Marsha se quitó la máscara, me sonrió y dijo: “Tú si te mereces una estrella de oro.” La máscara volvió a su lugar y ella empezó a raspar. Sus palabras sordas me sonaron como un torno perforando un diente: “Esta no es una competición a corto plazo. Esto es para el resto de la vida.”

¡Había conseguido la aprobación de la Dominatriz de la Seda Dental! Pero había dejado que la seda me controlara a mí y había olvidado de qué se trata todo esto. Regresé a casa con una nueva actitud.

Esa noche recordé a los veranos de mi juventud cuando era mi obligación cortar el césped. Mantenía la cordura cortando diseños locos y así el tiempo pasaba más rápido. No acabé tan agotado al acabar, a veces me sentía hasta refrescado. Entonces una noche limpiaba la boca superior primero, la próxima empezaba por la inferior. A veces empezaba por delante, otras veces por detrás. Tenía esa placa descarada encarcelada en un juego de adivinanzas. En las otras partes de mi vida todavía había el riesgo de cáncer, el dinero era problemático y mis amigos todavía esperaban nuevos riñones y nuevas drogas, pero mientras que tenía ese pedazo de seda entre mis manos, por lo menos estaba en control de algo. Era más probable que dejaría el vino tinto, la posición del loto o la tercera milla que dejar mi seda dental. No acabé tan agotado al fin del día; a veces hasta me levanté refrescado.

La semana pasada el doctor Mark me dijo que por ahora probablemente había salvado mis muelas traseras superiores, pero la cirugía de las encías sigue siendo inevitable.

Hazlo sin reclamar, me dije. Marqué la fecha con Gail, saludé a Marsha y regresé a la casa para limpiarme con seda dental para la vida.

-- Robert Lipsyte, antiguo columnista de deportes para el New York Times, es autor de mas de 20 libros de ficción y no ficción.




Revisado por Lawrence D. Budnick, MD, MPH, director del Servicio de Medicina Ocupacional en la Universidad de Medicina y Dentistería de Nueva Jersey.

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